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Cuentos fantásticos: Antología (Spanish Edition)

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2019
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1

Cuentos fantásticos para niños fantásticos

년:
2018
언어:
spanish
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CUENTOS FANTÁSTICOS

Antología





Claudia R. Aguirre





Copyright © 2019 Claudia R. Aguirre

ASIN: B0838SC6WV

Todos los derechos reservados.





ÍNDICE



CONTRATO POR UN DÍA

EL VIAJE

MARIPOSAS

EL EXTRAÑO DÍA DEL SEÑOR

RODRIGUEZ

LA INDUSTRIA DEL SUEÑO

SEMILLAS

LLUVIA

LA LENGUA

EL DOLOR DE MUELAS

LOS NUEVOS VECINOS

LA ENREDADERA

EL SECRETO DE LA ESTATUA

UNA NOCHE EN EL MUSEO (DE LA PLATA)

M’HIJO EL DOTOR

UN PASEO ESPECIAL

EL TURISTA

EL GATO SIAMÉS 1

EL GATO SIAMÉS 2

EL GATO SIAMÉS 3

EL GATO SIAMÉS 4

EL GATO SIAMÉS 5

EL GATO SIAMÉS 6

EL GATO SIAMÉS 7

SOBRE EL AUTOR





CONTRATO POR UN DÍA



¡Un día entero!—rezaba la publicidad—¡Todo un día para volver!...

—Todo un día— repitió en voz baja y miró por la ventana.

La camioneta publicitaria daba la clave para reservar el turno. Hacía años que la idea le rondaba la cabeza. Los ahorros cubrían el 50% del costo, pero Diana podía pedir un préstamo, sus padres la ayudarían si pensaban que el dinero era para algo de la casa; y si no fuera así podía recurrir a la empresa, ya que siempre había sido una empleada fiel y leal a la firma. Todo podía resolverse salvo su punto débil, que era su indecisión; como lo fue antes, cuando él le pidió matrimonio. Tenían que radicarse en Canadá (eso había sido treinta años atrás).

—Sos muy joven para casarte—le habían dicho sus familiares—, también lo fue dos años más tarde y cinco años después, la última vez que él le pidió que lo acompañara.

Para el contrato de tiempo, sólo era necesario elegir el día y saber exactamente donde estaría él. No le costaría nada elegirlo, ya que lo tenía siempre presente: La tarde en que se conocieron.

—Tengo que arreglar el balcón que se me está cayendo—le dijo a su madre.

—¡No, que peligro! ¡tomá, tomá! fijate cuales son los mejores materiales. Contratá un buen profesional— y le extendió un cheque, que superaba lo que necesitaba para pagar el contrato.

—¡Gracias ma!

—¿Por qué, si nunca me pedís nada?

—Bueno me voy, tengo un día ocupado —besó a su madre y salió.
; 
Esa noche se acostó temprano ansiosa y feliz. Su turno 7,30hs confirmado.

Llegó puntual, con un vestido floreado de otra época y un miedo atroz.

Firmó todos los documentos necesarios para quitar responsabilidad a la empresa y aceptar las condiciones que apenas había leído.

—Espere aquí señorita.

La dejaron en una habitación blanca y vacía, las paredes eran paneles que monitoreaban sus signos vitales y los reflejaban en una pantalla. Creía que su corazón iba a estallar en cualquier momento, cuando llegaron los médicos y la saludaron fríamente.

—¿Está lista? —claro, hacía mucho que lo estaba.

—Sí— dijo por toda respuesta.

—Bien.

La reclinaron en el sillón, le cubrieron la cabeza con una especie de escafandra, pulseras en las muñecas y le pidieron que comenzara a contar...

Diana abrió los ojos. Estaba en su casa familiar, sentada en la cocina empapelada de lunares. Se puso de pie un poco mareada, corrió las cortinas y lo descubrió: Jugaba al basquet en el fondo de su casa, ahí estaba como en sus sueños, como lo viera mil veces en los recuerdos. El viento de la primavera le besaba la cara y era tan real como el amor que le tenía. Diana no quiso perder el tiempo y salió corriendo de la casa con el vestido con el que lo conoció, solo tenía un día para volver a pertenecerle. Martín sonreía cuando la vio venir y cuando ella se acercaba para abrazarlo, le preguntó:

—¿Busca a alguien señora?

Solo entonces, ella reparó en su propia persona y se observó por completo: Era ella, con 50 años, mientras el amor de su vida era un niño suspendido en el tiempo. La verdad la atravesó como una flecha. Entre todas las cosas no pensó en el hecho de que volvería en su estado presente.

Para poder acompañarlo el resto del día se presentó como la tía de su nueva vecina.

—Ya la vas a conocer, se llama Diana —le dijo y se quedó viéndolo jugar.

Conversaron y rieron con la naturalidad de los amigos. Al llegar la tarde se despidieron, él como siempre amable y cordial, ella con la tristeza de quien lo ha perdido todo.

Cumplido el plazo, regresó al sillón blanco, a la habitación aséptica, a su triste vida.

A la semana del viaje aquel, caminaba resignada por la calle cuando un grito la sorprendió entre la multitud

—¡Diana!— al reconocerlo quedó inmovilizada por el estupor.

—¿Cómo estás?— atinó a decir con torpeza.

—Bien, gracias. Llegué ayer y te estaba buscando. Tu madre me dijo donde trabajabas.

—¿Sabés? yo sigo solo.

Diana respiró profundo, era él en su presente.

—¿Te acompaño al trabajo?

— No, vamos a caminar.

Unos cuantos años, algunas canas... el mismo amor.

Martín la miró detenidamente

—Diana ¿Nunca te dijeron que te parecés mucho a tu tía?.





EL VIAJE



—Llegamos— anuncia el conductor del taxi.

Bajo en la entrada del hotel de la isla. En el patio hay algunas personas conversando, pero no conozco a nadie.

Estoy sola y trato de recordar: Ayer estábamos juntos, comimos pasta y tomamos vino tinto, untoso, de prolongada huella (me explicaste). Después nos fuimos a la cama; lo último que guardo en la memoria, es mi mano contándote los lunares del pecho... Y ahora éste viaje sin sentido a un lugar turístico que no conocía.

La gente es amable y me saluda como si me conociera. Entro al hall y pregunto por vos:

—¿El señor Céspedes está hospedado aquí?

—No señorita, usted ha llegado sola.

—¿Cuál es mi habitación?

—La 22, en el segundo piso.

Miro alrededor. Hay pocos huéspedes; casi todos ancianos, un par de jóvenes y dos hermosos niños mellizos— o gemelos.

Voy a mi cuarto, queriendo cerciorarme de tu ausencia, abro el placard y está vacío, busco documentos... y nada. Solo una tarjeta que dice: N° 22— en espera—DEMORADA.

Desde la ventana, puedo observar los movimientos de los otros huéspedes, deambulan sin demostrar demasiado entusiasmo; es raro ver gente caminando en distintas direcciones como sonámbulos.

El parlante llama: “N° 14 sale su viaje”— y un hombre alto y delgado sonríe al ver la combi que se detiene en la entrada principal y se va; sin equipaje, solo.

Entonces decido bajar y consulto a una mujer que está sentada en una gran reposera:

—¿Por qué se fue solo, nadie más viaja?

—No. Tienen que revisar todos los papeles, cuando estén aprobados recién se pueden ir—y luego con curiosidad ¿Cuándo llegaste vos? me pregunta.

—No sé, creo que hoy, no estoy segura.

—Claro, si no estás segura vas a tardar más en irte. Yo tengo un año de demora, pero es el miedo lo que me mantiene acá.

—¿Miedo?

—Sí, no sé dónde me va a llevar la combi.

—¿Cómo que no sabe? ¿No va dónde uno quiera?

—No, a dónde te corresponda, a veces solo y otras alguien te viene a buscar. Esta mujer era muy extraña, no sabía que pensar ¿Sería una loca?

Me alejé de allí, el tiempo pasaba lento y mi desconcierto crecía. Llegaba otra combi. Esta vez, podía ver a través de las ventanillas cuatro o cinco personas mayores que gritaban alegremente: ¡Clarita! —y la señora que leía un libro se levantó emocionada.

—N° 15 sale su viaje. Y pude ver como los ocupantes de la combi la abrazaban afectuosamente.— ¡Mamá! ¡papá! escuché decir antes de que partieran.

Trataba de hacer memoria: ¿Por qué nos separamos? nunca antes lo habíamos hecho.

En la sala común del hotel se escuchaba un noticiero en el televisor y entré a sentarme junto a otras personas que permanecían en silencio.

"Una joven pareja, que dormía en su departamento, murió durante la noche, el motivo sería una fuga de gas que no habría sido detectada. Se cree que el hombre falleció primero ya que fue encontrado en el cuarto de baño donde se iniciara la falla; la mujer se hallaba en el dormitorio". La nota periodística era ilustrada con fotografías... ¡nuestras!

De pronto, el panorama se aclaraba. Miré mis ropas, tenían el mismo número que mi cuarto.

Salí al jardín y me quedé esperando. Cada tanto, alguien partía.

Al fin escucho mi llamado:

—N° 22 su viaje.

Aguardé con temor la combi que estacionaba. Miré la ventanilla y ahí estabas, la risa ancha y los ojos luminosos:

—¡Luz, mi amor! ¿vamos?

—¡claro que sí! subí al móvil y por fin pude abrazarte. Mis dudas se habían disipado.





MARIPOSAS



¡Esto ya es un fastidio!... Hasta ayer, eran cuatro o cinco a lo largo del día; pero ahora cada vez que me peino, se me van escapando, tres o cuatro más.

El médico me dijo que haga meditación, que me libere del estrés, que tengo que evitar por todos los medios, llegar a la Mariposa Dorada ¡cómo si yo no lo supiera!

Todo el mundo sabe, que nacemos con 120.000 mariposas y tienen que volar de a poco, a lo largo de nuestra vida.

—Su proceso se está acelerando —sentenció el cirujano—, si esto sigue así tendremos que someterla a una cirugía.

La Cisura Mayor, conocida habitualmente como "moyera" está dejando escapar todas mis mariposas. Al principio, fui perdiendo el entusiasmo cuando salieron las de color naranja. Después, la memoria se me vio afectada cuando escaparon las violeta. Comencé a darme cuenta cuando luego de la tercera mariposa violeta del día, no podía recordar los ingredientes de la torta de coco que tanto me gustaba.

Dejé de amarlo la semana pasada, cuando una hermosa mariposa rosada aleteó con gran fuerza hasta hacer sangrar mi cabeza y escapó triunfante ganando el cielo.

¡No quisiera morir tan pronto! pero creo que no tengo otra alternativa.

Me va quedando algo de inteligencia porque no he visto volar ninguna mariposa azul — al menos que fuera durante el sueño—, pero creo que la cirugía no tiene mucho sentido. Por más que "cierren" mi cráneo, lo poco que me va quedando son las mariposas rojas; pero, para sentir pasión tendría que existir alguien que me la genere y ya no tengo amor que me la justifique.

En nuestra especie, la última en irse es la Mariposa Dorada, la que nos guía en el camino para regresar al Origen y la verdad, antes de quedar totalmente vacía, quisiera irme tras ella. Pero me está haciendo esperar y cada vez me encuentro más laxa, como una masa gelatinosa que piensa, pero ha perdido la capacidad de reacción.

Tengo 20 años y en mi tomografía pueden verse unas pocas mariposas azules, otras rojas y la única Mariposa Dorada. Al ritmo que voy, me dieron una semana —como mucho.

Y estoy aquí apoyada en un árbol mirando el arco iris. ¡Qué Belleza! nunca antes había reparado en la hermosura de las cosas. No disfruté de nada, corriendo en un afán imparable que ahora no tiene sentido.

La vida se me escapa, inasible y perfecta.

De pronto, un dolor agudo y punzante se hace insoportable. La cabeza me estalla; y veo la Mariposa Dorada pasar frente a mis ojos, detenerse en mi rostro… y la sigo.

Como mi cuerpo no pesa nada ya, vuelo con ella y siento de pronto una profunda alegría, mientras llegamos y nos fundimos en los colores del arco iris.





EL EXTRAÑO DÍA DEL SEÑOR


RODRIGUEZ





—A la mañana, empezó sintiendo mucho calor, calor como nunca había tenido antes. La piel le quemaba y tuvo que desabotonarse la camisa. Se miró el pecho y vio como pequeñas ampollas brotaban a cada segundo haciéndolo recordar a las planchas de burbujas que se usan para proteger los artículos frágiles. Se arremangó y miró ahora los antebrazos; la piel le dolía como si una gran llama brotara desde dentro de su cuerpo. Fue hasta el cuarto de baño que había en la oficina. Su cara en el espejo mostraba indicios de quemaduras. El señor Rodriguez, recordó entonces que hacía un tiempo revisando los archivos del diario, noticias de sobrevivientes de bombardeos lo habían dejado muy impresionado y las secuelas de ellos se asemejaban bastante al aspecto que le devolvía ahora este espejo. ¿Qué le estaba pasando?

Tratando de tranquilizarse comenzó a repasar el día: Se levantó, desayunó como de costumbre, saludó a la esposa y fue en busca del auto que guardaba en el estacionamiento de su edificio, llegó a la oficina, sin novedad... hasta este momento, en que su cuerpo parecía no soportar el peso de las ropas ni el contacto del aire. Entonces, se quitó todos sus vestidos, quedando sólo en ropa interior y observó la enorme llaga en la que se estaba transformando su cuerpo.

Todos sus poros emitían vapor caliente y un olor acre que mareaba los sentidos. La desesperación no le permitía reaccionar (a lo mejor estaba soñando... sí debía ser eso). Se mojó la cara y le dolió el contacto; la piel, se despegaba entre sus dedos y en un quejido agónico el espejo le devolvió la mueca horrible de su rostro, donde los ojos sanguinolentos contemplaban con impotencia como su cuerpo comenzaba a derretirse, brotaba agua de sus espacios intersticiales y se desleía en el piso espejado de porcelanato.

El agua, cada vez más abundante, desbordaba el cuarto de baño y comenzaba a escurrir hacia el estudio. De pronto, ya no podía ver, era un gran charco de agua que cuando vinieron los empleados de maestranza recogieron con trapos y escurrieron al desagüe...

El señor Rodriguez se despertó sobresaltado, el pecho le estallaba con el golpear atropellado de sus palpitaciones.

—¿Qué pasa querido? —preguntó la esposa semidormida del otro lado de la cama.

—Nada, no te preocupes... una pesadilla.

Le dio un beso, se levantó transpirado, no pudiendo abandonar el temor que lo sobresaltara. Preparó el café, que tomó con angustiosa parsimonia, ya que le costaba atravesar el nudo que se había formado en su garganta; se arregló la camisa, fue a buscar el auto y cuando llegó a su oficina, comenzó a sentir mucho calor, calor como nunca había sentido...

Al otro día la esposa hizo la denuncia de su desaparición, el auto seguía en el mismo sitio donde lo había dejado el día anterior. Nadie supo más de él. Muchas teorías lo ubicaban disfrutando en alguna isla del caribe, huyendo con una amante, desfalcando a la empresa. Pero nadie supo jamás que ese día el señor Rodriguez había llegado a la oficina teniendo mucho calor...





LA INDUSTRIA DEL SUEÑO



Todos los días a la misma hora, me preparo una limonada y me apoyo en el alféizar de la ventana, para contemplar a la chica que sale a regar las flores. Esta primavera fue generosa y las macetas rebosan de colores; hay flores que nunca había visto en mi vida, pero coexisten sin entorpecerse en el diminuto jardín que mi vecina cuida con esmero. No tengo idea de cuando se mudó a la casa de enfrente, pero desde que ella apareció, la primavera quedó instalada en mis tardes. Tiene un vestido floreado, el pelo castaño y desordenado, sujeto apenas con un lazo; hoy está descalza, libre y liviana, serpenteando entre la fronda, que emparejará con las tijeras que trae guardadas en la caja de herramientas; saca también los guantes de jardinero y finalmente acomoda la vieja regadera de hojalata. Desde esta distancia no distingo sus palabras, pero por el movimiento de sus labios, intuyo que canta una canción. ¡Qué bonito sonríe! De pronto, un gesto de dolor detiene su tarea, una astilla parece haber quedado atrapada en el interior del guante; ya la descubrió y se libró de ella. Todo es muy bello.

De un momento a otro, el panorama cambia, el cielo se oscurece; repentinamente se desata la tormenta, la chica toma sus cosas y desaparece, pero antes, me dedica una mirada de esas que cambian destinos. Sus ojos se fijan en mí, con una intensidad que me estremece. ¡Quisiera salir y tomarla entre mis brazos!, pero ella corre a la casa y desaparece dejándome vacío; casi al instante, un agudo chillido me despierta y la empleada me avisa que terminó mi turno. Pago la tarifa y algo mareado me dispongo a salir del cubículo.

—¿Lo esperamos mañana?

—Sí, claro. Después del trabajo como siempre.

Comienzo a caminar por las calles grises, mirando a la gente igualmente gris, que se cruza sin prestarse atención alguna. Si no fuera por esa hora de alivio, esa pequeña vacación que le proporciona la tecnología a mi oscura vida, hace tiempo que habría perdido la pelea: "Elija un sueño, olvide su vida mediocre, por un precio accesible, viaje sin equipaje" Era un lema pegadizo. Esa tarde algo fue diferente, estaba engripado, y me pareció gracioso, el hecho de que la mayoría de las enfermedades, fueron desterradas de la tierra desde hacía casi un siglo, pero la gripe, seguía firme en su propósito de recordar a los humanos, que al fin y al cabo un organismo minúsculo, podía llevarnos a visitar el cielo sin regreso. Me sentía inseguro, las piernas flojas y la cabeza embotada, fue entonces cuando noté, que en mi bolsillo no se encontraba la tarjeta de acceso para ingresar a la oficina el día siguiente; la lógica me llevó a imaginar, que se me cayó al levantarme del sillón en el cubículo del sueño. No había remedio, tenía que volver antes de la hora de cierre.

Cuando expliqué mi problema en la entrada del Centro, los empleados no demostraron mucha predisposición a colaborar, pero accedieron a que lo revisara, luego de que saliera la persona que lo ocupaba en ese momento. Me senté a esperar pacientemente en la sala, cuando mi campo visual, fue invadido por la chica del jardín, que caminaba hacia mí, no llevaba el mismo vestido, pero su mirada me reconoció al instante. Nos conocimos en sueños, hacía un año que repetíamos la misma rutina, jamás creímos que éramos reales. Cuando conseguí articular palabras le pregunté:

—¿Vas a entrar a la sesión?

—¿Para qué? si ya nos encontramos.

Una empleada llegaba con mi tarjeta y me la alcanzaba.

—Tenía razón Germán se cayó debajo del sillón.

Al notar nuestro nerviosismo, nos miró algo fastidiosa, imaginando que ese día perdía dos clientes. Agradecí su molestia y tendí la mano a mi vecina de sueños, empezamos a caminar hacia la calle. Tenía mucha curiosidad, quería saber cuál era la canción que nunca podía escuchar.





SEMILLAS



Era la primavera del 217, año del fin de la Tierra y los almácigos comenzaban a desprenderse de las celdas de teflón. Gran invento el teflón, había sobrevivido a la catástrofe nuclear y seguía ofreciendo un buen servicio. El Doctor Ross, retiró pacientemente los nuevos brotes de hojas suculentas, base de la alimentación de los pocos vestigios que quedaban de la humanidad y los fue colocando en los receptáculos que luego los drones transportarían a los rincones del planeta. Doce asentamientos quedaban según el último informe, antes de que el receptor fuera destruido por la lluvia de meteoros en el invierno. El Doctor Ross, rememoraba sus tardes en esa época; la palabra "hola" del otro lado, era la pila que movilizaba la letanía de su soledad.

Sara— ese era su nombre— inició la ceremonia de las charlas diarias contándole su vida en el asentamiento mientras él escuchaba hambriento de cosas cotidianas, de simplezas compartidas imaginando un futuro, pero a sabiendas de que nada podía brotar en esa tierra yerma, amarillas y salobre y; por eso, tenía que permanecer en la Estación, día tras día de sus 35 años. El mes anterior, su compañero murió de una enfermedad parecida a la tristeza; solo se dejó ir y lo abandonó a su destino de vigilante de las pocas esperanzas de la humanidad.

Cuando los plantines llegaban a los 10 centímetros, era la hora de enviarlos a los poblados que se formaron, en torno a los minúsculos ríos subterráneos; así que las plantas seguirían un destino hidropónico hasta alcanzar la madurez. Pero las semillas eran estériles y entonces debían regresar al laboratorio para que el círculo pudiera seguir. Dudaba en que forma debía proceder ya que no hubo noticias luego de la lluvia, no llegaron semillas y estaba mandando la única remesa de plantines que quedaba. Luego de esto, nada más para hacer.

Como siempre, envió los drones y esperó, una semana, silencio, dos semanas... y nada. Los sueños lo asaltaban febriles, la ausencia de la voz de Sara era ya insoportable y tomó la decisión de salir del Complejo. No podía contar con ningún vehículo, así que con mínimos preparativos empezó a caminar. Encontrar algún asentamiento guiado por mapas rudimentarios parecía ser su mejor oportunidad, mejor que la interminable soledad a la que estaba condenado.

Dos días de marcha sin indicios, más que el frío extremo por las noches y un sol que cocía apenas amaneciendo. Sus botas se hundían en el polvo rojo, que al elevarse nublaba el camino.

Bajó las dunas de arena oscura y calcinada, cuando creyó escuchar voces de niños que corrían, sonidos de mujeres que lavaban ropa en un arroyo. El Doctor Ross empezó a correr, la cara arrugada de sales y su risa cubrió el oasis que él solo veía. Un terreno vacío de naturaleza sin niños, sin vida.

Y cayó de espaldas, con la cara al sol que lo recibió de lleno, cegando su mirada ausente de cordura; y allí quedó, con sus ojos azules fijos en el cielo.

En el laboratorio, una débil señal de radio, permitía escuchar la voz ansiosa:

—¡Doctor Ross, conseguimos reparar los sistemas de comunicación! los drones llegaron bien. Estamos mandando las semillas.





L LUVIA



¡Llueve furiosamente! La lluvia nunca termina; cada vez que alguien intenta salir de la casa, la tormenta se encapricha como un niño a no dejar que la abandonemos.

Es curioso, pero las flores del jardín siguen intactas. Con tanta agua, alguien podría pensar que se arruinarían.

Luna toca el piano y la atmósfera solemne impregna la estampa, de las cinco personas que coincidimos en el salón.

La señora del perrito lee el mismo libro, donde la princesa siempre está triste.

—¿Quieren un café?

—Claro...

—Claro...

La mucama sale con el mismo gesto anodino que tiene la frase.

Luna deja el concierto hastiada, se acerca a los ventanales y posa su mano en la fría superficie. Mira el camino que se pierde en la noche y saluda a las sombras.

—A lo mejor hay un pájaro, quisiera que no se sienta solo —confiesa.

Luna es casi una niña. Creo que andará por los trece años, iba en viaje a la ciudad, para pasar unos días con sus tíos antes de la temporada de conciertos; es un prodigio de la música, pero no deja de ser una niña.

Aparte de Gastón el jardinero, soy el único hombre en la casa.

Mi maletín con muestras de fragancias, permanece junto a la puerta, al lado del paragüero. Fragancias importadas de un viejo barrio en París, siguen con el empaque original desde que me sorprendió la tormenta.

La mucama reparte el café. Somos un grupo abúlico, debe ser por el tiempo de convivencia, casi como una familia y, las familias se dan el lujo de aburrirse juntas.

Luna vuelve a tocar; pero esta noche es especialmente oscura, cerrada. La angustia se me hace insoportable. Mi niña, seguramente, rezará junto a su madre al pie de la cama, pidiendo al ángel que yo vuelva pronto a casa.

¡No tendría que haber peleado con Elisa!... Salir enojado y, de un portazo. ¡Ojalá pudiéramos cambiar algunas cosas! Solamente algunas...

¿Por qué pelear con Elisa? Ella, que llegó a mí en un vestido azul, cortado de un cielo de noviembre. Su recuerdo me invade.

—¡Voy a salir! —lanzo al aire en un tono que denota firmeza y convicción.

—¡Estás loco! — me dice el jardinero —,yo no he podido ni revisar los narcisos.

La lluvia ahora es ensordecedora, tiene entidad, lee paciente nuestras emociones y lo ha hecho, por los últimos diez años.

Si reflexiono, es tonto imaginar a mi hija en un cuerpo de cinco años

—¡Tengo que regresar para el baile de quince!— pienso, descolgado.

La señora del perrito, me mira impasible:

—Prefiero estar acá, está caliente, nunca falta el té, tengo mi libro y a Rodolfo —tirando un beso, a la rata que llamaba perro y reposaba en su falda.

Tengo que dejar este miedo que me invade. De repente miro a Luna, sentada eternamente al piano y, con las pocas fuerzas de voluntad que me quedan abro la puerta y oigo el grito ahogado de mis compañeros de casa.

La lluvia me apuñala, me ciega; peleo por hacer pie y, me voy hundiendo en el barro. Mi maletín de fragancias, me sirve de apoyo; pero delante de mí... se abre la noche. ¡Tengo tanto miedo! Giro la cabeza y en el ventanal, observo todos los ojos que me miran ansiosos. De rodillas, lucho con todas mis fuerzas, para poder erguirme y comienzo a llorar, todo el cuerpo me tiembla ¡Soy tan débil como los demás!...No sé por qué creí que podía escapar.

Al regresar a la casa, la lluvia amaina y se vuelve suave como un arroyo. Todos me reciben con una resignada desilusión. El jardinero, me agarra el maletín, la mucama me trae la toalla y una taza de té.

Pensé que esta vez podría —como las tres anteriores—. No sé, a lo mejor cuando pase el tiempo... me atreva a ver qué hay del otro lado del camino. Con una amarga sonrisa tomo mi lugar habitual junto a la ventana. Si tuviera que darles un consejo, lo único que se me ocurre es:

Nunca mueran un día de lluvia, podría tornarse muy aburrido.





LA LENGUA



Hace un par de semanas que Ricardo empezó a notar la molestia; al principio creyó que seguramente se habría mordido durante el sueño y de allí vendría ese dolor punzante y la sensación de hinchazón que se esparcía sobre la lengua.

Ricardo nunca prestaba demasiada atención a las molestias físicas, acostumbrado a lidiar con una gastritis crónica que solía aumentarse en época de parciales, dejó correr los días esperando que desapareciera. Profesor de literatura en la carrera de comunicación, nunca destacó en ningún aspecto. Con 40 años, soltero, vivía con su madre, a quien un accidente de ruta la había condenado a una silla de ruedas.

Casita blanca con techo a dos aguas y cerco de madera blanca como en las películas americanas de los años 50. Era él mismo, quien se ocupaba de cortar prolijamente el césped, cuando luego de corregir las tareas y preparar los materiales para el día siguiente, intentaba acortar el interminable domingo.

Fue justamente este día cuando notó que el dolor latente había mutado y se transformaba en adormecimiento; como si recién llegado del dentista aún conservara rastros de la anestesia. Bocalizó algunas palabras, hablaba torpemente y al intentar hacerlo, sentía que la lengua comenzaba a ocuparle toda la boca, se desbandaba y escurría sin que los labios pudieran impedir la salida. Frente al espejo contempló su imagen y le recordó la de un perro que había tenido de niño y cuya lengua enorme colgaba grotescamente dejando escurrir cantidades exorbitantes de espesa saliva sobre todos los muebles de la casa.

—Es domingo —pensaba y empezaba a desesperar—, no puedo presentarme a clase en estas condiciones.

Como no quería asustar a su madre esperó que durmiera su siesta y sacó el auto del garaje, hacía rato que no manejaba puesto que la facultad le quedaba a sólo tres cuadras y allí era el único lugar adonde iba; de manera que el auto permanecía casi siempre guardado hasta su revisión anual. Nunca lo vendió porque era el autito económico que comprara con su primer sueldo, cuando contaba 25 años y tenía expectativas de futuro.

Llegó a la guardia, en el hospital seguramente alguien sabría qué hacer.

—¿Cuál es su problema? — preguntó una empleada, que en ningún momento levantó la vista para hablarle.

—Tengo la lengua hinchada —balbuceó como pudo cubriéndose con un pañuelo.

—¡Reacción alérgica! —gritó la mujer hacia algún lugar adentro de los consultorios.

Al poco tiempo, una vieja enfermera que parecía casi no ver —por el aumento de sus anteojos—, lo llamó y lo hizo pasar a un box en el que un médico esmirriado, aún con acné y ojeras azules por falta de sueño le hizo sacar la lengua.

—¡Hermano! ¿Qué te comiste? Seguro que algo te hizo alergia –diagnosticó— .No te preocupes la enfermera te va a poner una inyección y en una hora vas a estar bien. Buenas tardes .–y se fue con las manos en los bolsillos, bostezando sin disimulo hacia donde lo volvían a llamar.

Una hora –pensó al llegar a su casa y optó por recostarse y olvidar los inconvenientes de estos días.

Cuando se levantó, todo estaba en su lugar, se miró al espejo y respiró tranquilo. ¡Por fin! Tengo que pensar en que comí. No recordaba nada raro, de hecho siempre optaba por una presa de pollo, ensalada o alguna pasta liviana. La comida no le llamaba particularmente la atención.

Por la tarde conversó animadamente con su madre, a ella le gustaba escuchar las anécdotas de sus alumnos, ya que también había sido maestra de primaria y muchos de sus antiguos alumnos "sus niños" le mandaban tarjetas para navidad y el día del maestro.

Antes de irse a dormir dejó preparado el maletín con los exámenes corregidos, en la percha su camisa preferida; el ambo gris, el chaleco de bremen y sus zapatos bien lustrados. "El profe" era puntual y confiable, un tipo sencillo con el que se podía contar.

El canto de los pajaritos en la ventana lo despertó antes que sonara la alarma del reloj. Estaba de buen humor, cuando fue hasta la cocina para preparar el desayuno de su madre; pero, a medida que caminaba empezó a sentir una gran pesadez en la cabeza. Sonidos estruendosos revotaban en sus oídos, con las manos intentaba taparlos infructuosamente y de pronto sintió que los ojos le quemaban. Fue todo tan rápido que lo tomó por sorpresa, no entendía lo que le sucedía. Se tambaleó hasta el espejo de la sala y el horror se reflejó en forma irremediable: la lengua había tomado dimensiones monstruosas, era un músculo independiente que se movía en todas direcciones como queriendo separarse del resto del cuerpo. Tironeaba afanosamente y de pronto se abría en múltiples prolongaciones que invadían las hoquedades de su cráneo y salían al exterior ocupando el lugar donde un momento antes estuvieran sus ojos, haciéndolos estallar como una uva madura y apareciendo finalmente en el pabellón de los oídos. El cuerpo se desplomó sobre la alfombra y la lengua adoptó su posición y tamaño originales.

—"Muerte dudosa" –catalogaron los forenses, luego de que alertados por su madre llegara la ambulancia.

—Es rarísimo. Las cuencas están vacías. Podría ser una bacteria, un parásito. La verdad es que no hay un diagnóstico definitivo —fue el veredicto médico—. Es como si el cerebro estallara sin explicación.

—Bien raro, repitieron los paramédicos que lo trajeron a la morgue.

—¿Tomamos algo a la salida?—invitó el doctor.

—No, gracias —contestó el enfermero— me debo estar por resfriar. Siento la lengua rara y los oídos congestionados.





EL DOLOR DE MUELAS



Si hay un dolor insoportable, ese es el de muelas; sobre todo cuando se presenta durante un viaje y estás en un lugar alejado de toda civilización. Eso fue lo que me pasó cuando llegué a la isla de Guaribea en medio de la selva brasileña.

La revista donde trabajo, me encargó una nota sobre la deforestación y la pérdida de ecosistemas, con la consiguiente desaparición de especies naturales. Mi módico equipo de trabajo estaba conformado por mi fotógrafo y yo; la Editorial se encargó de contactarnos con un guía nativo que manejaba varios idiomas y era bien visto por los naturales del lugar. Varias tribus de aborígenes se desperdigaban a lo largo de las márgenes del río.

Nuestro trayecto en canoa de dudosa resistencia, era vigilado por reflejos plateados en medio de la oscuridad, del tejido espeso formado por el enramado de sauces llorones y ásperas lianas de la que pendían de cabeza, simios de aspecto amenazante.

Varias horas navegando en un túnel de agua y arboleda apretada, que nos latigueaba el rostro impiadosamente, arrastrando en su ataque trozos de piel, nos tomó desprevenidos. En algunos tramos, la vegetación que se presentaba muy cerrada y no dejaba escurrir un mísero rayo de luz; desembocó en un asentamiento de hombres pequeños, semi-desnudos, con el cuerpo cubierto de escarificaciones que aullaban al cielo un canto monótono y perturbador, como el llamado de una fiera al Alfa de la manada.

Antes de iniciar el viaje, ya tuve los primeros indicios de un dolor de muelas que comenzaba en la famosa "muela del juicio" en el último rincón escondido del maxilar inferior. Con el correr de las horas, una puntada iniciada en el maldito apéndice óseo, irradiaba hacia el oído y terminaba cubriendo la totalidad de la cabeza.

Para el momento en que tocamos tierra y fuimos presentados al jefe de la tribu, el dolor anulaba mis sentidos impidiéndome pensar con claridad. El curandero se percató de inmediato de mi estado de aflicción y se ofreció a solucionarlo. En mi desesperación, hubiera aceptado cualquier propuesta por extraña que fuera si aliviaba en algo mi sufrimiento.

El guía fue traduciendo las indicaciones. Me senté junto al fuego, mientras el médico llamaba mediante unas palmadas, a un grupo de mujeres similares en aspecto a su contraparte masculina, solo que adornadas con flores secas en el pelo y argollas de colores en el cuello, quienes me acercaron un cuenco del que bebí obedeciendo los gestos imperativos de mi curador.

Repentinamente quedé en un estado de semi-inconsciencia, que hacía que todo a mi alrededor se moviera en cámara lenta; mis extremidades no respondían y por más que lo intentase no salía del embotamiento. Una mujer muy vieja llegó portando una canasta, en la que se movía un pequeño conejo, lo agarró por las orejas y me lo apretó contra la cara, mientras elevaba una especie de mantra que los demás acompañaban con ritmo de tambores. En ese momento me desmayé y no me enteré como terminó toda la puesta en escena.

Era medio día, cuando me desperté junto a mi fotógrafo en la orilla barrosa del río. Nuestro guía nos informó que habíamos dormido durante todo el viaje, ya que las misteriosas hojas que rasgaron nuestra piel poseían propiedades somníferas, de manera que mi macabra experiencia era adjudicable a ese motivo.

—Es hora de trabajar—le indiqué a mi camarógrafo.

Metí mi mano en el bolsillo buscando mis gafas de sol y me topé con un objeto irregular y liso al tacto; al sacarlo, me sorprendió la vista de una muela de raíces torcidas y ennegrecidas. Automáticamente retomé los recuerdos de la noche anterior, me llevé la mano a la boca y encontré un espacio vacío y cicatrizado, donde había estado mi muela y no... no dije nada, cuando el guía me regaló una sonrisa.





LO S NUEVOS VECINOS



Esto es un hecho del que puedo atestiguar porque estuve ahí cuando encontraron los cadáveres. No le crean a los diarios, ni a los noticieros. Si les interesa, les puedo contar con certeza como ocurrieron las cosas.

La casa de las víctimas era contigua a la de mis padres y yo por entonces, siendo soltero vivía con ellos como se acostumbraba.

Todas las casas del barrio eran antiguas, altas, de ladrillos de "treinta", con enormes aberturas, puertas de madera maciza de casi tres metros de alto y ventanas con celosías de metal pintadas en "verde inglés". En este tipo de inmuebles, las habitaciones por lo general se encontraban separadas; la construcción principal formada por una entrada, living, comedor principal y los dormitorios, baño y cocina, separados patio mediante en el otro extremo del terreno, de manera que debía existir una galería para comunicar los diferentes elementos que componían la casa, ya que, de lo contrario en invierno y con lluvia se complicaría bastante acceder a las dependencia auxiliares (entiéndase baño y cocina).

Los García, llegaron un domingo por la mañana. El camión de la mudanza tenía publicidad y números de teléfono de una localidad del interior de la provincia. Era fácil suponer que los nuevos vecinos procedían de allí. Los antiguos propietarios, habían muerto varios años atrás. La casa vacía y húmeda no pretendía ser conservada por los sobrinos, únicos herederos de los ancianos originales, y fue puesta en venta a los pocos meses de su fallecimiento.

La nueva familia propietaria constaba de cuatro integrantes: los padres, de unos "cuarenta y tantos", una hija adolescente (causa de la mudanza, ya que quería continuar los estudios, que en el pueblo natal le estaba negado por falta de Instituciones Educativas Superiores), un niño de ocho años, un perro pequeño de pelaje abundante y una tortuga.

El movimiento de la casa no destacaba al del resto de los vecinos; las compras por la mañana, en la que madre e hija cargaban con bolsas de mercadería. El hombre, por su parte se ocupaba de las refacciones, asistido por el niño que le alcanzaba los elementos de trabajo. Por la tarde paseaban al perro, tomaban mate en la vereda y saludaban amablemente cada vez que se cruzaban con algún viejo residente del barrio. Los días pasaban plácidamente, ya que era época de vacaciones y la dinámica barrial se veía reducida a unos pocos adultos mayores que jugaban al tejo, bajo los árboles de la plaza. Nada hacía suponer que en poco tiempo esta aparente tranquilidad, sería trastornada de un modo definitivo.

La primera en sufrir las consecuencias fue la tortuga que una mañana apareció muerta, completamente seca, con el vientre al cielo y el caparazón intacto. El increíble hallazgo que fuera tomado en principio como una rara anécdota pasó a convertirse en miedo, cuando a los pocos días fue el pequeño perro quien yacía en el patio de la casa. El cuerpo hinchado, los ojos saltones y la lengua que salía de su boca rígida, permanecía fláccida y negra sobre el piso. Al principio, la familia creyó que se trataba de algún veneno que alguien desnaturalizado había tirado a sus animales; pero nadie había visto ni oído nada.

Pocos días después el niño comenzó a sentirse mal. El cuerpo presentaba algunas ronchas que le producían una intensa picazón. El médico descartó enfermedades infantiles, atribuyendo la molestia a algún tipo de alergia inespecífica. Pero no sólo, no mostraba mejoría, sino que la extraña enfermedad parecía propagarse al resto de la familia. Las pocas veces que los veían cerca de la puerta de calle, los rehuían por temor a que lo suyo fuera contagioso. Ya no salían ni de compras, sólo pedían entrega a domicilio, pagando por una rendija apenas abierta.

Había pasado un mes y nadie recordaba cuando fue la última vez que los vieran. Las luces no se encendían por las noches, no se escuchaban sonidos.

Una mañana (no recuerdo bien que día era) el barrio despertó conmocionado porque desde la casa de los García, brotaba el agua de las cañerías que habían estallado, seguramente por la falta de mantenimiento. Para poder entrar se llamó a los bomberos que ingresaron rompiendo cerraduras y portones con el hacha, ya que nadie contestaba.

Al ceder la puerta principal, el agua retenida se escapaba a borbotones y miles de diminutas hormigas rojas brotaban de los boquetes abiertos en las paredes. Miles de pequeñas hormigas hambrientas que se prendían del uniforme de los bomberos.

Los vecinos contemplábamos el raro espectáculo azorados, cuando del otro lado del patio un bombero llamó a sus compañeros. Todos corrimos a ver qué pasaba y allí, un grito ahogado fue el reflejo general, cuando al abrir los dormitorios pudimos contemplar los cuerpos descarnados de nuestros vecinos, en los que las hormigas finalizaban con los pocos restos que quedaban de aquel festín.

Aquella casa infectada fue la trampa mortal que se convirtió en la tumba de nuestros vecinos y debió ser demolida hasta que terminó siendo un cráter de cinco metros de diámetro, que era el centro del enorme hormiguero.

No quisiera que se preocupen, pero como ustedes son nuevos en el barrio y me contaron que la semana pasada murieron su gato y su canario; no sé, yo (por las dudas) empezaría a revisar... en caso de que haya hormigas.





LA ENREDADERA



Treinta años pasaron. Ella contó cada minuto, cada segundo, antes de poder oír que él repitiera su nombre. Si solo una vez la hubiera recordado, no seguiría condenada al oscuro rincón del viejo muro, atornillada obsesivamente a la pared de aquel patio.

No podía dejar de revivir el momento de su ruego desesperado, tan doloroso y desgarrador, que llegó al abismo de espacio infinito y fue recogido en el cántaro de la piedad, que la tornó en flor para así poder acompañarlo.

Una tarde él la descubrió, como un curioso brote surgido de la nada y la dejó crecer, atenazada a la pared de ladrillo descascarado. Desde ese rincón, lo contemplaba, el despertar en las mañanas, las corridas al trabajo y luego se quedaba suspendida hasta la noche, en que retornaban sus pasos. Contempló muchas fiestas, amigos y amantes, noches impregnadas de suspiros, mientras ella desfallecía ahogada entre sus esquejas, sin poder deslizar siquiera una lágrima. Pasaron los veranos y siguió esperando.

La voz en el espacio había sentenciado "Estarás a su sombra hasta que te nombre, hasta que un pequeño recuerdo tuyo atraviese su vida y recién entonces dejarás de reptar tu desconsuelo". En ese momento, creyó que pronto pasaría, que algún olor la traería del pasado y entonces regresaría a su piel, que solo por él se estremecía. Con el paso del tiempo, comprendió que no fue piedad sino castigo, el ser la linda enredadera que sirvió de escenario de noches de conquista, cuando le arrancaba sus perfumadas flores, para sujetarla al cabello de la ocasional acompañante; en ese momento, podía llorar gotas tibias de sabia, que acariciaban las manos que la amputaban sin compasión.

Hoy el ritmo de la casa estaba alterado, gente desconocida entraba y salía con herramientas y planos. Juan, su gran amigo volvió de Europa y fue él mismo quien se lo preguntó:

—¿Y Miranda, sabés qué pasó con ella?

El corazón que casi había olvidado su nombre, dio un vuelco en su rústica jaula de ramas, deteniendo su imperceptible latido, expectante. Si él la nombraba, retomaría su forma de mujer y la cárcel aceptada la dejaría libre.

—¿Miranda?—preguntó con tristeza—, la busqué por años, nadie supo de ella, fui a la casa, a su barrio, recorrí todo lugar conocido para pedirle perdón, para rogarle que vuelva, nunca la encontré.

La revelación fue un golpe inesperado, su visión se tornaba borrosa y notó que comenzaba a transformarse, a sentirse diferente. La voz del amigo terminó con su ilusión.

—¿En ese rincón querés el Estudio, qué hacemos con la enredadera?

—No importa, hace mucho que está, ya no se ve tan bonita.

Entonces el amigo dio la orden y una sierra cercenó uno a uno sus miembros de planta y cuando la pala se hundió en la húmeda pulpa de la raíz, Miranda dejó de esperar, dejó de sufrir y se entregó al sueño envuelta en una dulce paz, por fin podría descansar, después de todo él nunca la había olvidado.





EL SECRETO DE LA ESTATUA



Vecinos de Quilmes: Soy Hernán López, periodista del Diario local y lo que les voy a contar es un secreto celosamente guardado. Paso a relatar:

El viernes 30 de noviembre de 2018, a las 10,30 h—ustedes recordarán—un temblor movió los cimientos de nuestra Ciudad, aterrorizando a la población desacostumbrada a este tipo de fenómenos. Las autoridades informaron entonces que no existía motivo de alarma y que se trataba de algo transitorio no revistiendo peligro alguno y todo quedó en el olvido. Hasta aquí la historia oficial, ahora mi verdad.

El cambio climático que viene provocando grandes inundaciones, trasladó gran cantidad de fauna desde el norte, la cual se encontró repentinamente atrapada en las oscuras aguas del Río de la Plata. La contaminación y el calor reinante hicieron lo suyo, modificando la estructura genética de un pequeño caimán, que terminó por emerger de un inodoro del antiguo Palacio Municipal donde desde hace años, funciona la Escuela Municipal de Artes Visuales (EMBA). Allí se alimentaba durante la noche en los piletones con restos de materiales de descarte (oleos, barniz, etc.) utilizados por los alumnos del lugar; durante el día dormía escondido en algún lugar del edificio. La particular característica de su dieta, lo fue transformando en un inmenso reptil que adquirió dimensiones extraordinarias y emergió el día en cuestión, perforando el techo y destruyendo los cristales en un estruendo ensordecedor. Todos los que nos encontrábamos en el Casco histórico fuimos testigos. La policía cercó el lugar con la excusa de una explosión de gas originada por un sismo. La preciosa arquitectura quedó casi reducida a escombros mientras el monstruoso animal profería alaridos intimidantes. Pero como en toda historia hay un héroe, Héctor el jefe de mantenimiento "todo terreno" junto con Marcelo el profesor de grabado, cargaron los piletones que quedaron en pie para alimentar al irascible animal con una mescla de sustancias utilizadas en escultura. Yo soy periodista, no conozco de esas cosas pero en esa semana apareció una estatua llamada "El caimán" que debido a sus dimensiones fue expuesta en mitad de la plaza San Martín y cuyo aspecto asombra por su realismo. Si no me creen pregunten a los chicos de la EMBA a lo mejor alguno de ellos decide romper el silencio.





UNA NOCHE EN EL MUSEO (DE LA PLATA)



Esta historia fue un secreto durante muchos años y me la confió una vieja amiga, luego de que aquel que lo motivara falleciera; después de cumplir muchos años al servicio en la Biblioteca, que funciona en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata. El particular individuo era un hombre escuálido, de piel acartonada, casi completamente calvo, salvo por unos cuantos pelos ralos alrededor de la coronilla. Los brazos eran largos, a la manera de los primates y una enorme joroba lo obligaba a encorvarse (los concurrentes, habían coincidido en que era lo más parecido al Barquero de los infiernos). El limitado auditorio de estudiantes, que se congregaban en la búsqueda de materiales para sus clases, sentían un escalofrío recorriendo su espalda cada vez que se encontraban con su mirada torva.

Una noche en que mi amiga debió regresar al Museo, ya que olvidara sus anteojos en la sala de lectura se encontró con un espectáculo increíble. El guardián, iba apagando luces y cerrando puertas, sin percatarse de la presencia de la recién llegada. Ya liberado de todo público propinó un agónico grito de dolor y dejó su aspecto, para transformarse en un ser que de humano, no tenía vestigios: Un solo ojo dominaba la frente cuarteada en profundas arrugas escamosas, el color predominante era el verde parduzco, unos pequeños colmillos curvos asomaban entre los labios pulposos.

El pánico que la dominó, la dejó estática en mitad de un pasillo central, sin poder hacer ni decir nada. Al advertir la inesperada visita el "ser" le dirigió una mirada suplicante y le confesó:

—Soy el último de mi especie. Llegué con la inauguración del Museo, mis padres me enviaron para protegerme, nadie me buscaría en el fin del mundo. ¿Alguien se va a enterar de lo que viste?

Mi amiga lo miró con pena, pensando lo que ese hallazgo podría significar para él y muy decidida, mirándolo directamente a su único ojo afirmó:

—¡Yo no vi nada! ¿Sabías que hoy juegan Boca-River? ¿Qué te parece si pedimos una pizza?.





M ’HIJO EL DOTOR



Marcos casi se cae de espaldas cuando pasó con sobresaliente el exhaustivo examen de ingreso del Balseiro, que le dio la posibilidad de acceder a una de las 60 becas que se otorgaban para la Licenciatura en física este año.

"Mi viejo estaría orgulloso"—pensaba con cierta razón, ya que su padre se había sido profesor del afamado centro de estudios.

Ingeniería era una utopía para alguien de clase media baja, con una inteligencia superior al promedio, pero con los bolsillos flacos y llenos de telarañas. La que casi se murió fue Marcela, cuando pensó que Bariloche quedaba muy lejos para cubrirle el frio de los huesos que pasaría sin él, en el invierno de Buenos Aires. La beca ofrecía media pensión, con posibilidad de vivir en el Campus o alquilar algo fuera de allí. Así el noviazgo continuó sin problemas, ambos se trasladaron a Río Negro, vivían en un cuartito y Marcela consiguió trabajo en un mercadito local. Todo iba sobre rieles, hasta la desaparición, por eso ella no aceptó la idea de que Marcos abandonara todo sin explicaciones y menos que la dejara sola.

Quince días después sin noticias de su novio, Marcela preparaba las valijas metiendo las lágrimas para adentro entre hipos, ya no quedaban motivos para seguir en ese lugar.

El ladrido de un perro alertó de un movimiento irregular en el jardín, al tiempo que un resplandor cegador la dejaba sin aliento. Luego de un momentáneo silencio, golpes desorganizados contra la puerta y su nombre repetido en la voz de Marcos: "Marcela, Marcela" como viniendo de una pesadilla que terminaba repentinamente. Abrió sin pensar la puerta y se abalanzó contra su pecho.

Con una taza de chocolate, una frazada y los pies helados en una palangana de agua caliente, tomó coraje para vaciar lo que tenía en su interior.

—¿De dónde venís?

—De acá, antes de que naciéramos.

Marcela lo miró preocupada, creyendo en un posible traumatismo que lo hacía alucinar. Él entendió pronto por su mirada, que no le creía y empezó el relato que explicaría lo ocurrido.

—No estoy loco. Vos sabés que llegué hasta acá siguiendo la investigación de mi padre, las notas que guardaba en casa.

—Tu padre murió cuando tenías un año, dicen que nunca se recuperó por la muerte de tu mamá cuando vos naciste. Eso me lo contaron tus tíos, cuando te conocí.

—En realidad no murió. Encontró la manera de viajar en el tiempo y dejó sus apuntes para que algún día yo los encontrara.

—¿Y por qué no volvió con vos?

—Mi madre murió y él halló la manera de estar siempre con ella, cada vez que se acerca la fecha de su muerte, vuelve atrás y la encuentra siempre joven y bella, la ve de lejos hacer su vida junto a su familia “nosotros”, está algo enfermo, creo que pronto morirá.

—Y vos ¿Por qué volviste? Podrías dominar el tiempo.

—Si pero yo no tengo que buscar a mi amor. Ella me estaba esperando.





UN PASEO ESPECIAL



Noche de luna llena y sobre el pucho, luna de sangre. El espectáculo ideal para marco de una velada mágica. La recorrida nocturna al Cementerio de La Recoleta es un punto de interés y visita obligada a la Ciudad. El grupo al que nos unimos estaba formado por 15 personas a cargo de una guía que nos contaba la historia del lugar y nos advertía desde el inicio que no debíamos separarnos; si el gigantesco monumento podía confundir de día, cuanto más podríamos perdernos en medio de la noche. Yo había ido con mis compañeros de estudio, era la única argentina, Ana era de México, Fernando español, Luisa de Perú y Francisco una incógnita. Cada vez que preguntábamos algo sobre su origen evadía la respuesta con ambigüedades. Por todo esto no sabíamos casi nada de nuestro compañero. Compartíamos habitaciones de una residencia universitaria y desde su arribo Francisco manifestó una particular fascinación por este lugar; cuando desapareció repentinamente, tuvimos que informarle a nuestra guía.

—¿Dónde pudo haber ido? ¿Se habrá asustado?

—¡Imposible! Si quería venir desde que llegó al país—contestamos al mismo tiempo.

Y luego recordamos su interés por la historia de Elisa Brown hija del gran almirante, cuyo prometido muriera en una batalla en la campaña contra el Brasil. Su mismo padre entregó en sus manos el reloj que su novio le dejara a manera de legado. La muchacha con apenas 17 años no soportó el dolor y vestida de novia se perdió en las oscuras aguas del Río de la Plata. Se cuenta, que sus urnas fueron realizadas con el bronce fundido de un cañón del navío. Avivados por ese pensamiento pedimos ir hasta el lugar donde ella descansaba.

Tomamos entonces por el callejón que conducía al mausoleo de la familia Brown y divisamos la figura de Francisco sentada al pie del monumento. Nos extrañó que no se moviera al acercarnos, pero pronto comprobamos que no podía hacerlo ya que su cuerpo estaba pálido y helado. En su mano derecha sostenía un reloj de bolsillo con las iniciales F.D. Menudo susto y complicaciones sufrimos esa noche con el infortunado suceso, pero peor aún fue el día siguiente cuando en la habitación buscando documentos para su entierro, encontramos su pasaporte a nombre de Francisco Drummond, el mismo nombre que el prometido de Elisa. Seguramente fue una casualidad. ¿O no?.





EL T URISTA



Con Raúl llevábamos mucho tiempo planeando el viaje; cuando lo ascendieron en el puesto y no quiso arriesgar su recién obtenido reconocimiento, por tomar esas vacaciones postergadas durante 3 años y cumplir su soñada excursión al Uritorco, de la que me venía hablando desde la época de la secundaria. Él era lector entusiasta de todo tipo de publicaciones referidas al tema OVNI y los testimonios de avistamiento atribuidos al Cerro lo llevaron a preparar el viaje, sin siquiera consultarme. Yo solo quería vacaciones, lejos de todo y de todos—atención al público puede ser muy estresante. Cuando me dio la noticia de que el viaje se cancelaba—otra vez—fue el desencadenante para decidirme a ir, no por deseo, sino más bien como un acto de rebeldía, por sentirme nuevamente postergada. Así las cosas, el día fijado agarré mis petates y me uní al grupo de yoga del club. No puedo negar que fue un paseo relajante, con personas agradables y con buena energía; pero de fenómenos extraños "Cero".

En la última noche de estadía, decidí ascender a la parte más alta y así tener una vista panorámica del lugar y despedirme antes de volver a la rutina. Siempre aconsejan no andar solo en lugares desconocidos, pero nunca oigo consejos. El problema fue al resbalar en una piedra; estaba a punto de caer, cuando desde más arriba una mano me sujetó y me ayudó a poner pies en tierra. Mi salvador era un muchacho delgado y rubio, de piel casi transparente muy dulce y de agradable conversación. En la cima del cerro “Bastian", me contó que sus padres venían siempre, amaban el lugar, en cambio para él era su primera vez.

—Vivo en un lugar muy urbanizado, esto es un paraíso.

Cuando le conté las circunstancias de mi presencia en el lugar se rio con ganas.

—Tu novio es un bobo.

—Me voy mañana, espero que algún día podamos encontrarnos de nuevo.

—¡Ojalá que sí! Ahora que te conozco voy a venir seguido por la Tierra.

—La Ti...

No terminé la frase. Una luz muy brillante encandiló la noche; luego, una esfera plateada descendió a nivel del suelo, se abrió una compuerta y el adorable muchacho entró al "globo" y me saludó con la mano:

—Nos vemos pronto.

Pero... ¿Cuánto tiempo será "Pronto"?.





EL GATO SIAMÉS 1



Una noche diferente



La aparición de aquel gato, desencadenó una serie de extraños sucesos, que en un principio, nadie en su sano juicio preferiría relacionar.

Un domingo por la noche, Mario salió como lo hacía habitualmente para dejar la basura en el contenedor de la esquina; llevaba separados en bolsas de colores, por un lado los desperdicios orgánicos, por el otro los envases de plástico reciclable, que con paciencia lavara cuidadosamente, eliminando los restos de gaseosa o alimentos congelados, que habrían convocado a todo tipo de insectos, numerosos por el calor y la humedad del pleno verano.

Los relucientes contenedores colocados por el municipio, rezaban la consabida frase motivacional: "Reciclemos la basura, seamos responsables, mantengamos la ciudad limpia". Estos carteles, taladraban el temperamento culposo de este joven hombre de 41 años, que llevaba la pesada carga de albergar un alma vieja.

A menudo, veía con asombro los cambios vertiginosos de la sociedad de estas épocas. Un mundo mejor para los hijos...de otros, ya que él nunca se casó, no tuvo niños y odiaba a los mocosos de la cuadra, que se divertían pateando la pelota contra el portón de su garaje. Como si no fuera suficiente, a pesar de que este se encontraba debidamente identificado, con la señal de prohibido estacionar, sus vecinos hacían caso omiso de la indicación y muchas veces optaba por salir caminando con la bolsa de compras, sin poder sacar el auto, para evitar tener que discutir con esta gente desconsiderada. En más de una oportunidad perdió gran parte del día haciendo trámites, teniendo que movilizarse en colectivo, para regresar a casa en la hora pico, aplastado, magullado y hasta con los bolsillos vaciados por los oportunistas que nunca faltan.

Su madre, si bien era una mujer de carácter afable y cariñoso, le reprochaba sin embargo la falta de energía, para oponerse a los abusos de aquellos que tenían como diversión burlarse de él.

Esa noche no fue la excepción, cuando agarró las bolsas para salir por el garaje, la camioneta del vecino de la esquina aparcada frente a su casa, bloqueaba completamente la salida. Entre protestas por lo bajo, dio toda la vuelta y salió por la puerta principal. Su casa era una de las pocas que quedaban en el barrio de las construcciones originales, sencilla tipo departamento con frente a la calle. En la parte posterior un patio de los de antes, con galería de ladrillos y un par de árboles frutales, que plantados por su padre continuaban ofreciendo sus frutos, por lo que eran habitualmente saqueados sin que pudiera culparse a nadie, puesto que aprovechaban su ausencia para despojarlo de los limones de las cuatro estaciones, las ciruelas y fragantes mandarinas. El resto del barrio había perdido su identidad eclipsado por monstruosas construcciones impersonales tipo bunker, de colores fríos sin vestigios de vida humana a su alrededor.

Volviendo a la noche del domingo, salió protestando con un bulto en cada mano cuando se arrimó a la par de sus pasos un magnífico gato; Mario estaba acostumbrado a caminar solo, a vivir solo y también a hablar solo, así que no sabía cómo dirigirse a este animal que decidió acompañarlo por su cuenta. Al principio lo miró con curiosidad y luego con simpatía. Era un gato siamés con la cara oscura en tonos de marrón y el cuerpo predominantemente blanco característico de estos felinos, era un animal joven, estilizado, que caminaba junto a él sin detenerse, elegante como un bailarín. Saltaba sin ruido y sin dirigir una mirada al hombre, como si no mereciera especial atención. Llegando al contenedor, Mario dejó salir un insulto indignado contra la casa de comidas asiática, que a pesar de tener el recipiente nuevo de gran capacidad, arrojaba los restos de pescados y mariscos sin el menor cuidado, quedando la mas de las veces desparramados por el piso, lo que atraía a los perros vagabundos que se trenzaban en lucha por el premio. Munido de una vara que encontró en el suelo, apartó a la jauría por miedo a que atacaran al gato; no obstante, aquel no parecía demostrar el menor temor.

"Siempre lo mismo, son unos irresponsables"—rezongaba mientras recogía los restos en una bolsa extra que tenía la precaución de traer para ese fin.

La vuelta a casa estaba flanqueada por el animal. Ya en la puerta Mario se agachó y miró a su visitante, era muy bello, estaba cuidado, pero a pesar de esto, no tenía collar o algún tipo de identificación. La mirada de un profundo azul decidió que "Cielo" sería el nombre más adecuado, hasta tanto se resolviera su destino.

—¿Y ahora que hacemos amigo? Es tarde para preguntar a alguien, mañana podemos poner carteles. ¿querés pasar? Vemos si encuentro algo para que comas.

Cielo respondió a la invitación como si se conocieran de toda la vida.

—Vamos Cielo—llamó mientras maldecía al dueño del vehículo que le obstaculizaba toda la visión.

—Imaginate vos—le hablaba al gato—si alguien quiere robarme, se esconde perfectamente atrás de la camioneta y me rompe la cabeza.

El gato maulló como si entendiera y entró en la casa. Un segundo después, la energía eléctrica desaparecía, dejando al barrio sumido en una profunda oscuridad.

Mario ya dormía tranquilamente, complacido porque esa única noche de su vida de adulto no dormiría solo. Antes de acostarse encendió una vela y preparó una caja con un almohadón mullido para su amigo, quien giró varias veces hasta acomodarse en su rudimentaria cama y se enroscó plácidamente para cerrar sus ojos.





E L GATO SIAMÉS 2



No fue un sueño



Mario se despertó alterado, de golpe recordó su encuentro de la noche anterior y se preocupó al ver la caja vacía. Luego de un momento, optó por resignarse como ya era costumbre en su vida; todos los que alguna vez quiso, lo dejaron solo y desamparado ante un mundo del que no podía defenderse. Su madre había muerto un año atrás, entonces la relación simbiótica que mantenían lo dejó desorientado por un tiempo prolongado. No llegó a ser una depresión, su carácter no era capaz de una reacción tan intensa. Luego de la muerte de su madre, debía resolver el tema de la ferretería, que si durante décadas fuera el sostén de la familia, había quedado desactualizada frente a los monumentales negocios de materiales que abrieron sus puertas a pocas cuadras de su negocio. Fue así que bajó las persianas apenas volvió del sepelio, aquel que por la multitud de concurrentes, parecía más bien un acontecimiento barrial. La casa era de su madre y los ahorros le alcanzarían perfectamente para sus pocos gastos, hasta tanto resolviese como continuaría con su vida, sin su madre su brújula estaba desorientada, por lo demás nada cambiaría mucho...hasta la noche en que creyó que las cosas podrían dar un vuelco a su monotonía.

A su madre no le gustaban los gatos, las veces que de niño lloró por uno, ella descartó la idea de cuajo, sosteniendo que eran animales desaprensivos, incapaces de afecto o considera-ción por sus dueños.

—Esos bichos son demasiado independientes, un día se van y te quedás sufriendo—sostenía convencida, como si ella no hubiera hecho lo mismo dejándolo totalmente solo.

A lo mejor salió a investigar el terreno, se dijo tratando de darse ánimo y comenzó a canturrear en voz baja, como para no asustar a su inquilino si se encontraba escondido en algún mueble. Recorrió todas las habitaciones y no halló señal de su nuevo amigo. Si al principio se puso triste, luego sin esperanzas de volver a verlo, se decidió por un café. Todo se aclara con un buen café.

Terminaba de colocar la pava sobre la hornalla, cuando escuchó voces provenientes del patio, entre ellas, distinguía la de los mocosos que usaban la puerta de su garaje como arco de futbol; otra voz le llamó la atención, pertenecía a una mujer, era embriagante y dulzona como la de los boleros que le gustaba oír a su mamá. Ignoraba cual sería el motivo del chismorreo, pensó dejarlo pasar y ocuparse de sus cosas, pero un maullido doliente lo puso en alerta. Ese no podía ser otro que Cielo. En dos trancos surcó la distancia que lo separaba de las voces y pronto entendió lo que pasaba: Efectivamente, su gato se hallaba en la rama del árbol de ciruelo que lindaba con la medianera del costado de su casa, con esa manía que tienen los felinos de subir a las alturas y luego convocar a media ciudad para que acudan en su auxilio.

Al ver que Mario se acercaba, tanto los chicos como la señora se quedaron estáticos, no sabiendo que reacción tendría el vecino famoso por su carácter para nada sociable. La mujer finalmente tomó la palabra para explicarle lo que a todas luces era evidente.

—Buenos días—saludó tímidamente—perdone, no queríamos molestar pero el gatito lloraba mucho, no podía bajar, le hablábamos pero parecía asustado.

—¡Cielo!—llamó el hombre sin contestar a su vecina— y el gato, como si supiera su nombre de toda la vida, descendió sin ningún problema y comenzó a restregarse contra las botamangas del pijama que todavía su amigo no había cambiado; un momento después miró a sus vecinos y les sonrió amablemente causando una gran sorpresa en todos, nunca habían hablado directamente con él, pero se rumoreaba que se trataba de un individuo muy odioso e intratable.

—¿Ya vieron? ¡Es un mimoso y quiere atención!

—Parece que sí—afirmaron los tres a un tiempo, luego los chicos perdieron interés y se bajaron de la escalera a la que estaban subidos, del otro lado gritaron el saludo: "Chau gatito".

La mujer permaneció unos momentos atraída por el cuadro del hombre con el gato y no creyó que fuera como comentaban los vecinos "nadie que ame así a un animal puede ser odioso"—pensó para sí.

—Usted es Mario ¿verdad? yo soy Susana.

A los chicos, los veía siempre haciendo travesuras, pero a ella era la primera vez y lo impresionó al punto de sentirse con ganas de hablar para que no se fuera y aunque solo podía ver su rostro asomando por sobre la fila de ladrillos, la sonrisa franca y luminosa era casi un regalo sin ser navidad.

—Mucho gusto Susana ¿hace mucho que vive aquí? Yo no la recuerdo.

—En una semana cumplo seis meses, en realidad alquilamos con los chicos, trabajo arreglando ropa, si necesita colocar un cierre, o que le planche un traje ya sabe, me puede llamar por acá si no tiene ganas de dar la vuelta.

—Lo voy a recordar, gracias. Ahora nos vamos a comprar comida para mi amigo, hasta luego.

La hermosa sonrisa de la mujer le regaló otra foto antes de irse y cuando entró en la cocina, el corazón le saltaba del pecho.

—Ella dijo que vivía con sus chicos no habló para nada de un marido. ¿Qué te parece? una vecina preciosa y yo sin saberlo.

Cielo bostezó y se acurrucó en su cama, Mario no podía alejar de su cabeza, la idea de que el gato se colgó a propósito de aquel árbol.

—¡Qué locura! —espantó la ocurrencia.

En cuanto confirmó que el animalito dormía, se cambió de ropa y salió a hacer las compras para la comida, tenía que contemplar al nuevo integrante de su pequeña familia.





EL GATO SIAMÉS 3



Con otros ojos



Bolsa en mano y amplia sonrisa que le daba un aspecto relajado, el hombre salió contento a la calle. Apenas cerró la puerta, advirtió extrañado que la camioneta motivo de disgusto no se encontraba allí, para obstruir su paso como de costumbre, supo luego que la grúa del municipio la había remolcado por estacionarse frente al garaje— ni siquiera tuvo que hacer algo para que pasara, el día pintaba cada vez mejor—. Tenía buen ánimo, como hacía mucho no le pasaba.

En el almacén, varios vecinos lo saludaron, recordando a sus padres con cariño y lamentando el cierre de la ferretería, ícono del lugar.

—Una pena

—Sí, una pena como los grandes negocios arruinan a los pequeños comerciantes—se quejaban el grupo de ancianos, que compraban el pan para el almuerzo.

—Bueno, pero después de todo dan trabajo a mucha gente—seguían hilvanando su lógica.

Renovado por el contacto humano, Mario compró algo para él y tres variedades distintas de alimento para gatos, ya que ignoraba cuál de ellos le gustaría a su amigo. Regresó a casa con la boca seca, ese día había hablado el doble que en todo el año. Cielo ya lo esperaba con el maullido apremiante que solicitaba alimento.

—Sí, tranquilo, acá te traje para que elijas el que quieras.

Repartió un poco en varios platos y mientras el gato picoteaba de cada uno, se dispuso a vaciar el placard, en busca de ropa que pudiera necesitar arreglo. Pronto encontró unos pantalones que le regalara su madre y le quedaban grandes, una campera con el cierre roto y un traje que jamás creyó usar pero lo estaba considerando.

Por los ancianos que encontró esa mañana, pudo sacar algunos datos de su vecina, no fue nada difícil, ya que los abuelos no tenían mucho que hacer más que conversar y hacerlo con él, fue la novedad de esa mañana. Supo entonces, que Susana era una mujer sencilla, trabajadora, que nunca se había casado por perder a su novio en un accidente y los niños eran hijos de su hermana, los cuidaba mientras los padres trabajaban, los llevaba a la escuela a tres cuadras de allí y era en el regreso del medio día, cuando estos aprovechaban para jugar a la pelota mientras la tía preparaba la comida. Los viejos lo miraban con esa sonrisa de los que adivinaron el repentino interés disfrazado de "solo curiosidad" que él pretendía implantar en el diálogo. Pronto se sintió incómodo, no estaba habituado a que se le "viera la hilacha" como decía su madre refiriéndose a sus vecinos pescados in fraganti en alguna fechoría. Era bastante chismosa su mamá— pensaba dejando escapar una sonrisa nostálgica, al recordar la debilidad de su progenitora por saber cuánto pasara en el barrio y aledaños—. Despejó sus pensamientos sacudiendo la cabeza y contempló a Cielo, que satisfecho terminó de comer e inició su rito de higienizar meticulosamente su suave pelaje, pasó a acomodarse y mostraba serias intensiones de seguir durmiendo, claro que antes, miró desdeñosamente a Mario y se entregó al placer.

—Claro, vos no tenés problemas, sos un galán pero yo tengo que caminar cuesta arriba.

Rezongando salió con las prendas en su antebrazo y fue directo a la medianera, donde comenzó a llamar en voz baja como con miedo—“si en tres veces no contesta abandono”, se decía rogando que ella apareciera.

Giraba para retirarse cuando una mano de uñas rosadas cortadas al ras, que fácilmente podría confundirse con la de un niño, se aferró de los ladrillos y tras ella, aparecieron unos ojos que miraban interrogantes sumados a la sonrisa cordial que invitaba a corresponderle.

—Hola Mario ¿qué anda necesitando?

—Es que...yo...

—¿Sí?

—Encontré unas cosas que quería usar y parece que se rompieron—encadenó al fin tratando de explicarse.

—Ah, qué bien, déjeme ver, pásemelas y le digo que le costaría y si vale la pena, a lo mejor no le conviene el gasto.

—Si tranquila, no tengo apuro hacelo con tiempo.

—Claro. Igual ando con poco trabajo, a mediados de mes afloja la cosa. Gracias por acordarse de mí. "Acordarse" si no podía pensar en otra cosa desde que la vio.

—De nada—respondió tímidamente—pero ¿te puedo pedir un favor?

—Claro, si puedo hacer algo más.

—No me sigas tratando de usted que me siento más viejo.

Susana no pudo contener la carcajada.

—Bueno, es la costumbre. Casi siempre trabajo con gente muy grande y no quiero que se me ofendan. Pero sí, después "te" doy el presupuesto.

Luego de acordar el negocio, la pequeña mano, la sonrisa y la mirada partieron para dejarlo con la angustia del vacío absoluto.

Ni siquiera en la adolescencia, una mujer se había adueñado así de sus pensamientos. Estaba nervioso, inquieto, no podía encontrar explicación a la repentina necesidad de salir al patio y contemplar la medianera, como si el deseo de verla pudiera ser suficiente para que ella apareciera. Era un hombre que despertaba de un largo letargo y ella, el tibio rayo de sol que lo entibiaba con solo pensarla. Pero como no podía estar allí todo el día prefirió dar un paseo y de paso comprar una de esas jaulas, o como se llamaran esas cosas para transportar mascotas y poder llevar a su gato; lo midió de "ojito" y se dispuso a ir al Pet shop, era la excusa para salir y dejar de pensar el ella por un rato.

Al llegar a la esquina, se sorprendió al encontrar el negocio de comidas asiáticas atravesado por una faja de clausura con un papel pegado en la puerta que hacía constar la falta co-metida como "Infracción a la ley de insalubridad...Código..." Comprendió que se trataba del mal manejo de los desperdicios que tanto lo mortificaban durante años.

—Mejor tarde que nunca—pensó y siguió caminando.





EL GATO SIAMÉS 4



Como un adolescente



Con una canasta mediana y un gran entusiasmo volvió a la casa para mostrar la adquisición a quien la usaría. Terminaba de cerrar la puerta cuando tocaron el timbre, fue una sorpresa, no recordaba la melodía de tanto no escucharla. Al abrir, Susana le sonreía de cuerpo entero, era más bonita así, que en los retazos que podía avistar desde la barrera de ladrillos que los separaba.

—Hola, te vi llegar y quise alcanzarte las cosas para ver si estás conforme o querés modificar algo.

—Claro—balbuceó el hombre, entorpecido por la contemplación que batía su corazón agitado de emociones.

Cielo salía a recibirlos con grandes muestras de alegría, restregándose descaradamente contra las piernas de la visitante, sin permitirle moverse.

—¡Es muy hermoso!—afirmaba ella, embelesada por las caricias y el ronroneo persistente.

—No te dejes convencer, es un conquistador... ¡pero pasá por favor que te dejé de adorno en la vereda!—reaccionó al fin y pudo preguntar—¿querés tomar un té ... o algo?

—¿No tomás mate?

—Hace un año murió mi madre y solo es aburrido, pero si querés para la próxima compro yerba.

Ese idea de una próxima vez pareció prometedora y Susana le aceptó el té que le ofreciera al principio. Sentados en la cocina inmaculada, en perfecto orden, le fue pasando las prendas que traía en el bolso. Todo quedó muy bien, sin indicios de arreglo, se lo hizo saber y quedó embobado al ver como la cara de Susana se tornaba en grana, para luego agradecerle el cumplido. El té estaba muy rico y lo disfrutaron despacio para estirar el tiempo.

—Tengo que revisar la tarea de los chicos—se disculpó para retirarse.

Mario le pagó el trabajo y la acompañó hasta la puerta. Apenas diez metros lo separaban de ella y ya le dolía el alma verla irse, como si le arrancaran un pedazo. Antes de entrar a su casa, Susana se volvió para saludarlo y allí fue que tomó coraje para invitarla a salir.

—Estaba pensando—le decía mientras avanzaba—, podríamos llevar a tus sobrinos a la plaza, pusieron una pista de juegos, de paso charlamos. Y... compro la yerba y...

—Está bien, mañana.

—Hasta mañana—él mismo no se reconocía, tan decidido como nunca fue, pero ella lo sublevaba hasta perder sus reservas hacia el entorno.





EL GATO SIAMÉS 5



Tarde de plaza



—Yerba, azúcar, galletitas...Cielo. Creo que no falta nada.

La campera de estreno le sentaba muy bien y la satisfacción en el rostro, aún mejor. El trayecto a la plaza era corto, pero los perros sueltos abundaban, alentados por los vecinos que les dejaban platos con comida. Invitó al gato para entrar en la canasta y para su asombro no encontró resistencia alguna. Como siendo sábado los chicos no tenían escuela, pasarían toda la mañana con ellos y basados en su experiencia estaba seguro que le harían la vida difícil; extrañamente los niños se ocuparon de sus cosas sin molestar, acercándose únicamente cuando tenían sed o hambre.

—Está preciosa la plaza—comentó Susana entusiasmada, mirando alrededor complacida.

Este predio, era parte del proyecto de puesta en valor de espacios públicos llevada a cabo por el gobierno de la ciudad que estaba transformando en pulmón verde grandes sectores olvidados.

—Cuando yo era chico esto era un baldío con cardos y un círculo ralo que usábamos de cancha. La expresión de Mario cambió como buscando en un lugar muy lejano pedazos de recuerdos sepultados por el tiempo, luego retomó el relato con un dejo de nostalgia. Había olvidado que le encantaba jugar a la pelota pero estaba relegado a la defensa, porque su carácter dócil, no le permitía pelear por la posición que prefería; de no ser porque el hijo del carnicero usaba lentes gruesos que le hacían saltar los ojos fuera de la cara, dándole un aspecto similar a un batracio —de ahí el mote de "Rana" con el que lo bautizaron, estaba seguro de que el puesto de arquero sería destinado a él. Al menos en la defensa no estaría tan lejos de la acción y relegado a defender el arco improvisado con botellas de gaseosa.

La voz de Susana lo sacó de su paseo por el pasado.

—¿Siempre viviste acá, en el barrio?

—Sí. Es una aventura corta, nací, crecí y acá estoy, no viajé, no descubrí nada—dejando escapar un suspiro de resignación.

Ella, lejos de encontrar su vida insulsa como él la presentaba, lo animó con entusiasmo.

—¡Qué bueno! Es hermoso tener raíces, ser parte de un lugar y como ahora, poder ver cómo crece y se modifica.

Mario la miró con sorpresa; era increíble, para toda situación tenía una palabra alentadora y un sano optimismo. ¿Dónde había estado toda su vida?, en el momento en que se lo iba a preguntar lo interrumpieron el grito entusiasmado de los chicos, que daban saltos llamando a su tía. Todo el disturbio era por un nido que albergaba toda una comunidad de loros, estos no eran los que comunmente se veían por la plaza, los incendios producidos en la selva, fueron desplazando hacia el sur muchas especies de aves, que se adaptaron muy rápido al nuevo clima templado que ofrecían estas tierras.

—Mirá tía que lindos colores ¿podemos agarrar uno para llevarlo?

—No, están bien acá ¿para que lo van a hacer sufrir alejándolo de su familia?

Aunque medio a disgusto aceptaron que la tía tenía razón.

—Podemos venir a visitarlos.

Por mi parte, yo no opinaba, estaba más preocupado por mi gato que movía su cola estimulado por el movimiento de plumas en la rama del árbol.

—Mejor nos vamos que el gato se está poniendo nervioso.

La plaza estaba cercada, dividida en el sector de juegos, no se permitía entrar con perros así que Cielo podía aprovechar y estirarse hasta donde le daban las patas, sin tener que permanecer en la canasta.

El sol comenzaba a declinar cuando emprendieron el regreso. Parecían una familia.





EL GATO SIAMÉS 6



Latidos



—Nos vemos Mario.

—Gracias por el paseo, lo pasé muy bien.

—Yo también—y dirigiéndose a sus sobrinos—vamos chicos saluden.

—¡Chau Mario, chau Cielo! —Y entraron corriendo.

—Susana...

—¿Si?

—Yo... quisiera... hacerme una camisa—dijo de golpe sin respirar, porque fue lo único que se le ocurrió.

—Ah, está bien, cuando quieras podemos ir a ver las telas y elegís, ¿te parece?

—Perfecto, gracias. Si no te molesta podríamos ir mañana.

—Claro. Hablo con mi hermana y listo.

"No estuvo tan mal"—pensó luego en la cama, mientras soñaba sin dormir. Ahora que podía sacar el auto, si ella aceptaba sería un paseo. Solía acompañar a su madre al barrio de Once para proveerse de hilos, telas y todas esas cosas que ella utilizaba en manualidades, era muy dúctil y poseía muchos talentos, su imagen para él era gigante, perfecta y hasta que no la tuvo a su lado, recién tomó conciencia de que ese vínculo tan fuerte se había roto y que ya era tarde para subsanar su soledad, todo esto le llevó un año de rumiar en sus pensamientos, hasta que apareció Susana y todo cambió de repente. El mundo no era el mismo de su adolescencia, 40 años eran una buena edad para empezar un proyecto de familia.

Esa noche no durmió por la emoción. A las 8 de la mañana, luego de dejar a los chicos en la escuela sabiendo que su madre los retiraría, Susana se erguía esplendorosa frente a su puerta; por la mirilla, él podía observarla casi rodeada de un brillo que emanaba de su interior. Si en ese momento de dijeran que el corazón no crecía, se hubiese burlado por la ocurrencia; él sentía que el suyo ocupaba no solo el pecho, sino que todo su cuerpo era un enorme latido de corazón.

¡Qué hermoso brillaba el sol! ¡Qué dulce aroma inundaba el aire! Y ella, su copiloto le sonreía. Disfrutó cada segundo de la charla, la caminata acompañada, la visión de los dedos de la mujer acariciando las telas y la creciente necesidad, de que esas manos se deslizaran por su propia piel.

Almorzaron en un barcito saturado de aromas caseros y flores en las ventanas y regresaron con varios metros de tela e iguales proyectos para un nuevo guardarropas. ¿Cómo pudo vivir sin ella?, no lo sabía, pero tenía que ponerle remedio a esa situación, pensar y sobre todo consultar con su gato.

Al regresar a la casa, su hermana que la esperaba para despedirse, saludó a Mario con gran cordialidad y al retirarse, él alcanzó a oír que le decía a Susana "los chicos tienen razón, tiene cara de tío", como entró rápido por la incomodidad, no llegó a escuchar la respuesta de Susana, pero rogaba en secreto que pensara como el resto de su familia.

—¿Qué te parece Cielo, le hablo de frente de mis sentimientos o espero un poco, para que no crea que soy un improvisado?

El gato se encontraba en la tarea de lavarse, pero le dedicó una mirada atenta y emitió un maullido, que él tomó como asentimiento.

—¡Por eso me gusta hablar con vos! Siempre tenés la palabra justa. Acepto tu consejo.

La mañana de compras en el mercadito, fue una agradable recreación de las que hacía con su madre.

—Hola Mario—y como una revelación—justo hablábamos de vos.

—¡Así que me estaban sacando el cuero!

—Para nada. Pensábamos que desde que cerraste el negocio, se nos complicaron los arreglos.

Por lo general, los hombres del barrio, ocupaban los domingos para realizar todas aquellas pequeñas reparaciones de la casa, que no podían hacer durante la semana por sus trabajos.

—¡Pero si está ese Super monstruoso que puede abastecer a media ciudad!.

—Sí. Pero no te venden las cosas por unidad, para comprar un tapón te tenés que quedar con una bolsa de 25 y además no te tienen paciencia y no podés hablar de futbol. ¿Por qué no abrís de nuevo? ya pasó un año, es hora de volver.

La idea no estaba mal y si la suerte lo seguía favoreciendo, podría tener compañía. Pensar en Susana lo retrotrajo a la imagen de sus padres contando chistes, compartiendo la vida y se le hizo un sueño alcanzable.

Puso manos a la obra, comenzó con las averiguaciones, hizo encuestas y concluyó que abriría el negocio familiar, lo consultó con Cielo, quien se restregó contra su pierna dándole el visto bueno y luego se lo contó a Susana que se alegró con aquella noticia.

Un mes después, la vida de ese hombre taciturno y triste era un recuerdo, la clientela crecía movida por la cálida atención personalizada, tan apreciada en épocas en que lo humano parecía irse perdiendo en medio de una nebulosa. Con el negocio encaminado, creyó que sería apropiado hablar con su amada y ella se sintió aliviada, porque al fin se decidiera.





EL GATO SIAMÉS 7



Epílogo



Un sábado de pleno sol, con la capilla rebosante de vecinos el "¡Sí quiero!" a todo pulmón fue recibido con risas y algarabía por todos los presentes.

—¡Te oyeron en Uruguay Mario!—bromeó el sacerdote originando más risas.

Hubo gran baile en el club y Cielo objeto de todas las atenciones, se mudó al techo para descansar de los invitados. Meses después recibía la noticia de que esperaban un hijo.

—¡Qué pena que mis padres no pudieron verlo!—se lamentaba con Cielo—,pero desde que llegaste, mi vida cambió por completo, "sos mi ángel de la guarda".

Sin que lo supiera, Mario no estaba tan alejado de la verdad. El espíritu de su madre a pesar de llegar al paraíso, permanecía triste por haber dejado a su hijo tan solo, y como las madres son siempre oídas en los cielos, para mitigar su pena un ángel fue enviado a la tierra bajo la forma de un gato y asegurar la felicidad de este hombre, que tuvo 2 hijos y vivió una vida plena. Un día, cuando todo estaba en su lugar Cielo desapareció como había venido, pero para esto ya habían pasado 50 años. ¿Qué un gato no puede vivir tanto? Es que este no era un gato cualquiera y su historia, no es otra cosa que una pequeña historia de amor.





FIN





SOBRE EL AUTOR





Claudia R. Aguirre es una autora, nativa de la Ciudad de Quilmes, a orillas del río de La Plata, esta argentina nostálgica y soñadora, se confiesa lectora voraz y escritora compulsiva desde siempre. Sus preferencias a la hora de escribir, abarcan distintos géneros, comenzando por el cuento, donde el realismo mágico, ocupa un lugar preferencial; la novela romántica y la poesía, también se revelan como sus grandes amores.

Madre de cinco, y dedicada actualmente a concretar el sueño de compartir sus libros, como ella misma dice “ahora que mis hijos, son mayores que yo”.